miércoles, 28 de noviembre de 2018

¿De qué estamos hablando?

La violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes es considerada a nivel mundial un delito complejo específicamente en lo que respecta a su corroboración
Esta clase de violencia se caracteriza generalmente por ser consumada dentro de un ámbito de intimidad entre la víctima y el victimario.


Se trata de un tipo de delito en el cual, a diferencia de otros, en muchas ocasiones no quedan evidencias físicas que sirvan como prueba para el proceso ni existen testigos presenciales del hecho.
En este sentido, se ha señalado que en los supuestos de delitos contra la integridad sexual el testimonio de la víctima y su participación dentro del proceso cobra un valor muy relevante para la corroboración de los hechos.

El respeto y la protección por los derechos humanos de la víctima dentro del proceso judicial son especialmente relevantes en este tipo de delitos, particularmente cuando el hecho fue cometido contra personas menores de edad. En estos casos, la víctima, además de sufrir un daño irreparable a su
integridad física, psíquica y moral por el abuso mismo, se ve expuesta a una victimización secundaria derivada de la relación posterior que se establece entre ella y el aparato judicial y de protección de derechos.
Por ello, es de fundamental importancia que durante todo el proceso la víctima sea tratada de modo tal que se respeten sus derechos y su dignidad y se adopten las medidas necesarias para que goce de una consideración y atención especial con el fin de garantizar su bienestar y evitar que se produzca
un nuevo trauma.
A nivel internacional existen diversos instrumentos que establecen estándares específicos en materia de abordaje de niños y niñas víctimas de violencia sexual. Estos instrumentos establecen como valor primordial el respeto a la dignidad, la vida, el bienestar y la salud del niño, entre otros, como
sujetos plenos de derechos que requieren de mecanismos especiales de protección para lograr su pleno desarrollo y bienestar atendiendo siempre al interés superior de niñas y niños.
De esta forma, la normativa internacional establece la necesidad de que los Estados adopten mecanismos específicos  de protección que garanticen y aseguren los derechos de niños y niñas víctimas a lo largo de todo el proceso de justicia, garantizando así su plena protección de manera de evitar su revictimización.



A nivel local, la ratificación de la Convención sobre los Derechos del Niño y su incorporación al sistema interno con jerarquía constitucional ha contribuido al cambio de concepción del niño hacia su reconocimiento como sujeto pleno de derecho.

Con la sanción de la Ley 26.061 de protección integral de los derechos del niño se reafirman los diversos derechos y obligaciones contenidos en la Convención. En lo concerniente al procedimiento penal específicamente, se ha ido reformando la normativa incorporando en las distintas provincias mecanismos especiales para la toma de declaración de niños víctimas y testigos. De este modo, se tiende a evitar los repetidos  interrogatorios de los niños dentro del proceso de modo de procurar evitar su revictimización. Estos mecanismos suponen, además, la toma de declaración a través de un profesional especialmente capacitado y en dispositivos especiales como la cámara Gesell o circuitos cerrados de televisión de forma que las autoridades y las partes dentro del proceso puedan seguir el desarrollo del acto desde el exterior.
También, las reformas normativas introducen la obligatoriedad de videograbar las entrevistas que se tomen a los niños víctimas de modo de evitar la reiteración del acto, entre otras cuestiones.



Sin embargo, en la práctica el marco normativo descripto que pretende brindar protección al niño víctima de violencia o abuso sexual se ve afectado en muchos casos por la complejidad que supone el abordaje de niños que han sufrido situaciones traumáticas como el abuso sexual.
En estos casos, es imprescindible que intervengan una multiplicidad de organismos del Estado y diversos actores pertenecientes a distintas disciplinas que deben coordinar
su trabajo para brindar la mejor atención posible a los niños víctimas.

Como resultado, tanto las víctimas, por el grado de vulnerabilidad en el que se encuentran, como los operadores y profesionales que los atienden, se encuentran en muchas ocasiones afectados por no contar con los mecanismos
adecuados para abordar la complejidad de esta problemática acorde a las normativas vigentes.

Es por ello que, por un lado, surge la necesidad de concientizar a la sociedad y a los profesionales involucrados acerca de la problemática de la violencia sexual y de la forma en la que un niño debe ser tratado dentro de un proceso para que se respeten sus derechos; por el otro, crear los mecanismos
para coordinar las acciones de todos los actores involucrados para identificar y evitar las deficiencias actuales que el sistema presenta.

Guía de buenas prácticas - Unicef

martes, 27 de noviembre de 2018

Contextualización Histórica y Social del Abuso Sexual Infantil (2)

La historia moderna del abuso sexual infantil en la sociedad occidental.
A principios de los noventa, Erna Olafson, David Corwin y Roland Summit publicaron un artículo que estudiaba lo que ellos llamaron ciclos de descubrimiento o aparición y de supresión o desaparición del tema del abuso sexual infantil en la sociedad occidental, haciendo hincapié especialmente en los siglos XIX y XX.
Estos ciclos marcaron no solo la concientización social y académica sobre la problemática, sino el tipo de respuesta que se le daba.

Al igual que De Mause en su libro, estos autores demuestran que el recorte cronológico que se puede hacer para historizar el problema termina resultando en cierto modo arbitrario, ya que también hay evidencias claras del tratamiento que tanto la sociedad como la academia europeas le daban a la temática
antes de tales siglos. Por ejemplo, refieren que en el siglo XVIII, en la ciudad de Londres, era una  creencia popular que tener sexo con menores de edad curaba las enfermedades venéreas.

Llamativamente, dos siglos más tarde, este fue el argumento de muchos pedófilos acusados de abuso sexual a niños menores de edad en las conocidas situaciones de turismo sexual en el sureste asiático:   con la moderna epidemia del sida, muchos de ellos planteaban que mantener relaciones sexuales con niños podía curar el virus (Baita, 2010).

En su artículo, Olafson, Corwin y Summit describen que, tanto en Europa como en América del Norte, niños y niñas esclavos eran sujetos especialmente vulnerables a la violación y el abuso sexual repetido, y que muchas niñas terminaban luego prostituyéndose. 
En la Inglaterra victoriana, el abuso sexual y la violación empezaron a ser unidos de manera exclusiva a condiciones de pobreza.  Se resguardaba así la estricta moral de las clases más acomodadas, protegiendo los abusos que en ellas ocurrían y a quienes los cometían.
Esta situación hizo que el  foco de las investigaciones se centrara exclusivamente en las clases pobres y  los inmigrantes.
Sin embargo, ya hacia fines del siglo XIX, un grupo de feministas y reformistas, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, comenzaron a promover la idea de que el abuso sexual y el incesto ocurrían en todas las clases sociales, sin distinción. El empuje de estos grupos hizo que en 1908
se criminalizara por primera vez el incesto en Gran Bretaña. Sin embargo, los ataques sexuales a niñas todavía recibían menores castigos que los que se cometían contra varones.

A pesar del hecho de que el abuso sexual se estaba reconociendo incipientemente como un problema en la sociedad occidental, en la medicina y la psiquiatría no aparece aún ligado especialmente a ningún tipo de trastorno o desorden, salvo por alguna que otra descripción aislada de casos. Problemas
sexuales vinculados a la abstinencia, el exceso de relaciones sexuales o la masturbación son reconocidos como causantes de problemas de salud mental, pero la victimización sexual en la infancia por parte de un adulto ni siquiera aparece mencionada como posible causa etiológica.

Una mención especial merece el trabajo de Tardieu, Bernard y Lacassagne, forenses franceses que documentaron miles de casos de abuso sexual a mediados del siglo XIX. En un artículo publicado en 1856 en una revista científica de salud pública de la época, estos autores plantearon:

a. que el abuso sexual de los niños era muy frecuente;
b. que los niños abusados sexualmente muchas veces no mostraban signos físicos;
c. que sus reportes eran confiables;
d. que los perpetradores de tales actos solían ser padres y hermanos mayores, y
e. que una educación superior (en el ofensor) no inhibía la posibilidad de abusar sexualmente de un niño.

Sin embargo, muchos de los prejuicios y mitos que hoy circulan alrededor del Abuso Sexual (AS) ya estaban presentes en el pensamiento médico de la época, conviviendo
con los hallazgos de los forenses franceses: por ejemplo, Brouardel decía que entre  el 60 % y el 80 % de los alegatos de abuso sexual eran falsos,  y que se originaban en histeria, búsqueda de atención, alucinaciones genitales, la conducta libertina o desenfrenada de los niños, o su extrema sugestibilidad  ante preguntas de madres en pánico.

En sus primeros escritos de finales del siglo XIX, Freud planteaba que las pacientes histéricas que atendía enfermaban como consecuencia de haber sido víctimas de ataques sexuales por parte de adultos que cuidaban de ellas.
En su obra La etiología de la histeria, de  1896, Freud escribe: “Me parece indudable que nuestros hijos se hallan más  expuestos a ataques sexuales de lo que la escasa previsión de los padres hace suponer”.
Pero años más tarde, al escribir sus "Lecciones introductorias al psicoanálisis", que engloban escritos suyos comprendidos entre los años 1915 y 1917, sus aseveraciones serán
claramente diferentes: “[…] cuando una niña acusa en el análisis como seductor a su propio padre, cosa nada rara, no cabe duda alguna sobre el carácter imaginario de su acusación, ni tampoco sobre los motivos que la determinan […]”.
En sus primeros años, Freud estaba verdaderamente convencido de la etiología traumática de la histeria, originada en el abuso sexual, y planteaba que las mujeres eran más proclives a la histeria que los hombres, por el simple hecho de que siendo niñas eran víctimas más vulnerables a los ataques
sexuales que los varones. También acusaba de tales ataques no solo a extraños y a las niñeras, sino a los mismos padres y miembros de la familia de la  paciente, por muy respetables que estas familias fueran (Freud no atendía pacientes de clases trabajadoras, sino de la clase alta de Viena).

Solo algunos años más tarde abandonó radicalmente estas teorías. El origen de la enfermedad ya no se encontraba en ataques reales, sino en encuentros sexuales fantaseados. Mucho se ha discutido acerca de por qué Freud hizo un viraje tan rotundo en su teorización de las enfermedades mentales y
por qué dejó de atribuir su etiología a hechos reales, para comenzar a hablar de fantasías. 


Algunos historiadores opinan que vislumbró que,  si continuaba
por la vía del abuso sexual, tal vez prontamente debiera cerrar su práctica privada, pues las clases acomodadas dejarían de ventilar sus problemas más acuciantes en el consultorio de alguien que las atacaba y que exponía a la luz sus peores secretos. 
De sus discípulos, solo uno, el húngaro Sandor Ferenczi, siguió sosteniendo hasta el fin de sus días la idea de que el abuso sexual existía, que era una realidad frecuente y que estaba en el origen de muchos de los desórdenes mentales de los pacientes adultos. Mantenerse en esta postura le valió la
descalificación pública de su propio maestro ante otros colegas.

En la primera mitad del siglo XX, en Estados Unidos, si bien se consideraba que el abuso sexual existía, que era un fenómeno real, las idas y vueltas en torno al tema y a su conceptualización no cesaban. Por un lado se asumía que   los perpetradores correspondían al estereotipo del hombre extraño, anciano
y claramente desviado en su sexualidad; de esta forma quedaban  fuera de escena no solo los ofensores sexuales de las clases más altas o acomodadas, sino básicamente todos los ofensores sexuales intrafamiliares. 
Por otro lado, se hablaba de las víctimas como víctimas participantes e incluso como personas que disfrutaban secretamente de la actividad sexual, y que por ello la propiciaban; algunos académicos consideraban que posiblemente el niño fuera un seductor activo más que un seducido pasivo, y que la actividad sexual entre un adulto y un niño posiblemente no fuera dañina.
En 1953 apareció el famoso informe Kinsey sobre sexualidad humana. En él, una cuarta parte de las mujeres que respondieron a la encuesta refirieron haber sido víctimas de abuso sexual en su infancia por parte de un hombre
al menos cinco años mayor, y un 80 % de estas mujeres reportaron haberse sentido atemorizadas por la experiencia. A pesar de ello, Kinsey  desestimó el valor de tales sentimientos, planteando que era difícil de entender por qué un niño podría verse afectado por ser tocado en sus partes genitales o por estar expuesto a contactos sexuales más específicos, y que muy probablemente lo que generara la perturbación en los niños fuera la reacción externa (padres, policía) y no el abuso mismo.

Las décadas del setenta y el ochenta vieron renacer y ubicar en la agenda pública el problema del abuso sexual, la violencia doméstica y el maltrato infantil en general. Los grupos de feministas y los movimientos de defensa de mujeres víctimas de violencia en la pareja y de violaciones fueron instrumentales para visibilizar no solo el problema, sino además sus consecuencias nefastas para quienes lo sufrían.

De hecho, fueron  las activistas contra la violación de mujeres las que dieron el primer paso: primero se hizo foco en la violación callejera, a manos de un extraño; luego se pasó a entender que dentro de las relaciones de intimidad también se daban situaciones de violación. 
De allí se saltó al reconocimiento de las situaciones de violencia
de todo tipo en el contexto de las relaciones de pareja, y esa fue la ventana que permitió poner en evidencia que los hijos e hijas también sufrían malos tratos y vejaciones físicas y sexuales, muchas veces a manos de sus propios padres (Herman, 1997).
Sin embargo, para entender y dar crédito a los efectos deletéreos de tales violaciones fue necesario que el mundo académico aceptara un nuevo diagnóstico, el de trastorno por estrés postraumático, desorden que entró en el mundo de la psiquiatría y de la salud mental de la mano de los excombatientes de la guerra de Vietnam.
Filadelfia "Rendir cuentas"
También la Iglesia Católica Apostólica Romana ha comenzado a reconocer, especialmente en la última década, que miembros de la institución, muchos de ellos encumbrados en los más altos puestos eclesiásticos, cometieron abusos sexuales contra niños y niñas puestos a su cuidado en instituciones religiosas educativas o de cuidado.
Muchas de estas situaciones salen a la luz luego de décadas de haber sido cometidas, cuando los niños víctimas han crecido y se han transformado en adultos, poniendo en evidencia que durante años las autoridades correspondientes estuvieron al tanto de lo que ocurría y negaron, silenciaron e incluso
desviaron las pruebas de tales delitos cometidos contra los niños.

Abuso sexual infantil
UNICEF-UY

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Detuvieron a un hombre acusado de abuso sexual en Paraje Pavón

Ocurrió en las últimas horas en el Paraje Pavón cuando los efectivos de la policía bonaerense realizaban
tareas de prevención
.

El individuo, que resultó aprehendido, se movilizaba en una motocicleta marca Corven y fue detenido para revisarle la documentación.
A pesar de contar con todos los papeles necesarios para circular se decidió pedir a la central 911 un informe acerca de la identidad de la persona y fue allí en donde saltó la búsqueda y captura, acusado de abuso sexual.

Luego de realizar las consultas al Juzgado de Garantías 4 de Mar del Tuyú se dispuso la verificación correcta del domicilio en donde habita y se le otorgó la libertad.

Desde el gobierno de la provincia informaron que en los últimos días en rutas y localidades turísticas se interceptaron casi 18 mil vehículos, se aprehendieron a 289 personas por diferentes delitos y se desarrollaron 3 mil test de alcoholemia.
Según informó la Superintendencia de Policía de Seguridad Vial y de acuerdo a estadísticas elaboradas desde el viernes y hasta el lunes por la noche, se labraron 1.100 infracciones y 76 vehículos quedaron secuestrados por diferentes irregularidades o delitos.

entrelineas.info
21/11/2018

Nota del Editor:
El Juzgado de Garantías Nº 4 con asiento en Mar del Tuyú, Dr. Diego Olivera Zapiola dejó en libertad  a un acusado de abuso sexual con pedido de captura.

Tomó los recaudos de verificar el domicilio del acusado antes de liberarlo, pero no está eximido de no cumplir con la orden de captura.
Este simple hecho pone sobre la mesa una serie de interrogantes:
* Si tenía orden de captura y estaba en libertad, debe entrar en la categoría de "prófugo". El Sr. Juez ¿cumplió con las normas que impone la ley?
* El abusador vuelve a su hábitat y núcleo poniendo en riesgo a miembros de su familia o allegados. ¿El Sr. Juez valoró adecuadamente los riesgos a los que sometía a la comunidad?
* Si el liberado repite su agresión sexual, el Dr. Olivera Zapiola ¿se transforma en Partícipe Necesario por lo que podría ser sancionado?
* ¿Dónde está el mensaje disuasorio de la ley?

Con este enfoque, el problema
no tiene remedio





lunes, 19 de noviembre de 2018

Entrevista con el juez Elbio Ramos, Juez de Garantías Penal Juvenil.



Dr. Elbio Ramos 
Juez de Garantías Penal Juvenil 

¿Cómo percibe el tratamiento institucional en nuestro país en el Dia Mundial para la Prevención del ASI (Abuso Sexual Infantil)?

En la práctica lo que veo y critico es la falta de articulación entre instituciones, debido quizás a la ausencia de una política activa de prevención y detección del ASI.
Por lo general los hechos son denunciados por familiares y allegados a las víctimas, pero la escuela o los servicios de salud no brindan apoyo para detectar lo que estaba sucediendo. Tampoco brindan contención posterior especialmente por falta de servicios especializados.

Carecemos de políticas institucionales efectivas destinadas a la prevención, detección y asistencia de las víctimas del ASI. La Justicia ¿es efectiva?

Judicialmente son procesos complejos porque las pruebas principales son indiciarias y escasas. Además, se requiere personal específicamente capacitado en el tema, de fiscales muy hábiles para trabajar en este contexto y con peritos especializados en abordar el ASI.

Eso sí, cuando se llega a una condena, por la índole del delito terminan con penas efectivas y además se los priva de la responsabilidad parental y no recuperan el contacto con los hijos.

Tenemos que interpretar que también en los procedimientos judiciales tenemos deficiencias. Todas las áreas que deberían participar, ¿tienen diferencias ideológicas que limite el trabajo en conjunto?

Ideológicamente no veo ninguna traba; creo que se trata más bien de cierta desidia o desinterés respecto del tema.
Tenemos falencias graves en todos los ítems. ¿Qué debería hacerse para abordar integralmente el tema?

Sería muy importante convocar en ámbitos específicos a todos los operadores en esta problemática y fijar, por lo menos, protocolos de intervención y de investigación de esta endemia soterrada, oculta por el ámbito familiar que lo mantiene por debajo de la detección del radar.

Cuando se llega a una condena, ¿se lo reintegra al niño al grupo familiar que lo victimizó permitiendo al agresor nuevos contactos con la víctima?

El pertenecer al mismo ámbito familiar es un agravante de la figura penal, razón por la cual se lo erradica de ese ambiente y las penas son efectivas.

Los factores locales, culturales, aislamiento, escasa socialización, ¿pueden ser factores estimulantes de esta patología social?

El ASI no es patrimonio del aislamiento o la cultura local, es perversión pura y simple.



Abuso sexual infantil: pese a la cantidad de casos, son pocas las denuncias y condenas

19 de Noviembre de 2018

Según los especialistas, falta conciencia sobre la importancia de que la comunidad se involucre y esté alerta; los obstáculos de la Justicia frente a uno de los delitos más impunes que existen

Antonella tenía 14 años cuando una ginecóloga le dijo que estaba embarazada. "No puede ser, si soy virgen", respondió en estado de shock. Lo que no pudo contar en ese momento -ni siquiera admitírselo a ella misma- fue que ese embarazo era consecuencia del abuso sexual que sufría desde los 12 por parte de su abuelo paterno. Fueron años de un sufrimiento atroz y silencioso. Nadie supo, pudo o quiso ver lo que pasaba puertas adentro de su casa en la ciudad de San Luis.

El abuso sexual de niñas, niños y adolescentes es uno de los delitos más sub-reportados, silenciados e impunes, y nadie está exento. Las cifras alarman. Desde noviembre de 2016, cuando comenzó a funcionar la Línea Nacional contra el Abuso Sexual Infantil que depende del programa Las Víctimas contra las Violencias, hasta septiembre de este año, se abrieron 4658 casos y hay un promedio de siete llamadas diarias.
Las denuncias van en aumento, pero son apenas la punta del iceberg: se estima que de cada 1000 casos de abusos, solo 100 se denuncian y apenas uno se condena.
En el Día Internacional para la Prevención del Abuso Infantil, los especialistas coinciden en que romper con la cultura del silencio y la impunidad son dos de las claves, subrayando el rol fundamental que tiene la comunidad en aprender a leer las señales de alerta, en entender que el silencio solo beneficia al agresor, que hay que creerle siempre al chico y que denunciar es clave.

Además, advierten que los desafíos en el ámbito de la Justicia para empezar a desandar el camino de la impunidad siguen siendo muchos.

"Hay una mayor conciencia sobre esta problemática, pero todavía es microscópica en relación con lo que haría falta, que es una conciencia general, permanente y densa", asegura Eva Giberti, referente en la temática y coordinadora del programa Las Víctimas contra las Violencias.

En octubre entró en vigencia la ley 27.455, que modificó el artículo 72 del Código Penal para que el delito de abuso sexual contra menores de edad deje de ser uno de instancia privada y pase a ser considerado de acción pública. Esto implica que ante una denuncia los fiscales deberán iniciar la investigación de oficio, sin necesidad de que la víctima, tutor o guardador la ratifiquen. 

"Lo que siempre ocurrió es que por lo general los niños que sufrían violencia sexual lo denunciaban de adultos y en el medio pasaba una vida. Eso no puede ocurrir. El Estado debe intervenir cuando ocurre el hecho y ese es un gran cambio de enfoque", explica Carla Carrizo,diputada nacional y una de las impulsoras de la normativa.
Paula Wachter, fundadora de Red por la Infancia, y quien trabajó en el proyecto de ley, agrega: "El viejo paradigma sobre abuso sexual infantil lo circunscribía a un problema privado. Eso favorecía la impunidad porque en el 80% de los casos, el abusador es alguno de los familiares varones de la víctima". Para ella, lo que hace falta es "un cambio de mirada muy fuerte", concientizando a jueces y fiscales para que investiguen, y a la ciudadanía para que denuncie.
Según las cifras de la Línea Nacional contra el Abuso Sexual Infantil, siete de cada 10 víctimas son niñas y, de ellas, más de la mitad tienen menos de 11 años. Con respecto a los agresores, siete de cada 10 son personas del ámbito familiar de los chicos: en el 54% de los casos, padres o padrastros, pero también tíos, abuelos, hermanos, entre otros.

Los especialistas coinciden en que además de que por ley los funcionarios públicos, como los docentes o el personal de la salud, tienen la responsabilidad de comunicar la situación, todas las personas en contacto con niños y adolescentes deben actuar ante una sospecha.

¿Qué hacer en esos casos? "Pedir asesoramiento en las líneas de atención, funcionan las 24 horas y son atendidas por trabajadores sociales y psicólogos", detalla Giberti.

Verónica María Etchegoyen, jefa de la División Investigación de Delitos contra la Integridad Sexual de la Policía Científica bonaerense, recomienda acercarse a una comisaría, para que el Ministerio Público Fiscal pueda actuar de oficio. 

"Este es un delito que a todos nos parece aberrante y terrible, pero sin embargo muchas veces no se denuncia. Con frecuencia, la gente no se quiere meter y se pierde ese momento de oro que tenemos para intervenir y proteger al niño, como ha pasado en hospitales donde llegan con un sangrado genital y los médicos no lo reportan porque no saben qué hacer", advierte Etchegoyen. 

Un camino tortuoso

Claudio Guerchicoff tenía entre 9 y 12 años cuando fue víctima de abuso sexual por parte de uno de sus primos. El miedo, la vergüenza, el sentir que era imposible hablar de un tema tabú con unos padres de quienes estaba "emocionalmente muy lejos" hizo que guardara silencio por años. Décadas después, los primeros en saberlo fueron sus hijos.

"El gran antídoto para que a los niños no les suceda lo que me pasó a mí es que tengan confianza emocional en las personas que los tienen que guiar: eso es lo que hace que puedan hablar", afirma Claudio, que hoy tienen 66 e integra el colectivo Adultxs por los Derechos de la Infancia. "Nunca denuncié legalmente a mi abusador, que hoy debe tener más de 70 años, pero estoy pensando seriamente en hacerlo", cuenta.

Aun cuando quien fue víctima logra manifestar lo que le está pasando y encuentra adultos receptivos que le creen (lo que muchas veces no ocurre), el camino de la Justicia suele ser sumamente complejo y tortuoso.

Para los referentes, los desafíos en ese ámbito radican, entre otros, en una mayor capacitación para los operadores en cómo tratar con las víctimas; en articular el fuero civil y el penal, y en derribar prejuicios que persisten.

"Los intentos de revinculación de las víctimas con sus agresores son una verdadera maldición para los niños. La Justicia, sólidamente atravesada por el patriarcado, insiste porque no puede fallar la figura paterna, pero hay que tener en claro que un padre que abusa no es un padre, y una familia donde persiste la presencia del abusador es una ficción", enfatiza Giberti.

Watcher señala cómo hoy se necesitan en promedio casi siete años para que haya sentencia firme en los casos de abuso sexual, el doble que en cualquier otro delito penal. "El niño queda atrapado en un proceso que, para colmo, no es respetuoso de sus derechos y le causa mayor sufrimiento. ¿Qué pasa cuando esas condenas finalmente llegan? Para nuestro Código Penal, el abuso sexual simple de un menor de 13 años tiene la misma pena que librar un cheque sin fondos: de seis meses a cuatro años", describe.

María Ayuso
lanacion.com.ar

Día Mundial de la Prevención del Abuso contra los Niños

Desde el año 2000, se conmemora cada 19 de noviembre como la jornada mundial de reflexión sobre los millones de niños abusados cada año, un hecho más frecuente a lo que se cree y que deben ser denunciados sin contemplaciones
Las 149 organizaciones que tomaron parte de la Cumbre Mundial de la Mujer, aprobaron en el mismo año de inicio de este siglo la puesta en marcha de una jornada anual de debate público, para impulsar acciones “urgentes, pertinentes y eficaces” que prevengan y castiguen los abusos. 

El artículo 19 de la Convención Universal de los Derechos del Niño, reconoce como “obligación del Estado” la protección de todos los niños de cualquier forma de violencia o maltrato, incluso cuando esto sea realizado por padres, madres o cualquier que deba velar por los menores.

Los relevamientos de UNICEF, muestran que en América Latina, prácticamente la mitad de los padres considera parte de la crianza “normal” el castigar físicamente a los niños y las tres cuartas partes asumen que los han agredido psicológicamente, con gritos, agresiones de palabra, o condenas al silencio o indiferencia.

La responsabilidad es de todos, pero pocos lo advierten
En América Latina, unos 6 millones de niñas, niños y adolescentes, reciben sistemáticamente “agresiones severas” y unos 80.000 mueren cada año por la violencia generada en el interior de las familias, según cifras de UNICEF. No obstante, los Gobiernos poca contemplación tienen de la fecha estipulada, que pasa inadvertida en todas las Américas, casi sin excepción.

Los criterios más extendidos consideran maltrato o abuso infantil a cualquier acción (física, sexual o emocional) u omisión no accidental en el trato hacia los menores de parte de padres o cuidadores, que les ocasione daño físico o psicológico y que amenace su desarrollo tanto físico como psicológico.

Pese a que el Código Penal, en los distintos países atiende el tema, existen abusos “culturalmente naturalizados”, que responden al modelo más tradicional de la familia, donde los hijos son considerados parte de una propiedad privada, donde los castigos físicos son tolerados e incluso justificados como parte de un supuesto método educativo. Para UNICEF, desterrar estos códigos y eliminar las prácticas nocivas contra víctimas vulnerables menores de edad, es parte de la responsabilidad estatal, pero también de las instituciones y los individuos, en todos los casos.

lr21.com.uy

domingo, 18 de noviembre de 2018

Contextualización histórica y social del abuso sexual infantil (1).

Desde la Antigüedad hasta 

mediados del Siglo XX


El abuso sexual infantil no puede entenderse si no se lo estudia en el marco del contexto histórico y social donde se produce. 
La cosmovisión del mundo en general y de cada conducta social está determinada por las ideologías y teorías que predominan en determinados momentos. En esta cosmovisión quedan incluidos prejuicios, avances sociales, nuevas teorías, el retroceso a otras que ya no se consideraban útiles y la tolerancia social que permite que tales teorías sigan o no en vigencia. La violencia hacia la infancia en todas sus formas no escapa a estas cosmovisiones. A lo largo de la historia los niños han sido olvidados, desacreditados, no tenidos en cuenta. El hecho de tomar conciencia de la necesidad de cuidarlos, protegerlos y tratarlos bien no se extiende mucho en el tiempo, si miramos hacia atrás. Dicho de otro modo: el ser humano no siempre consideró que debiera cuidar adecuadamente de su progenie. 

Este hecho es, en algún punto, relativamente moderno. Lloyd de Mause escribió en 1974 su investigación acerca de la historia de la infancia, que recopiló en el libro homónimo. Con una mirada psicoanalítica buscó dar cuenta de cómo las relaciones entre padres e hijos se fueron configurando y transformando a lo largo de los siglos, y de qué fenómenos influyeron en dichos procesos. En su recopilación, de Mause demuestra que la historia de la infancia presenta desde muy temprano diversos horrores, tales como muertes, castigos físicos y abusos sexuales a los cuales eran sometidos los niños.
Una tradición propia de la Antigüedad era considerar que si el niño lloraba demasiado podía convertirse en un engendro, y entonces debía ser atado o fajado durante largos períodos, a fin de evitar que se convirtiese en un ser malvado. Los instrumentos de castigo, que aún hoy pueden encontrarse y de hecho en algunos casos se siguen utilizando, eran látigos, palas, bastones o varas de hierro, y también se recurría a la amenaza con figuras monstruosas

El infanticidio y el abandono de niños eran prácticas absolutamente toleradas, y en las que ya se podían distinguir discriminaciones basadas en el género (si se daba a luz a un hijo varón, se lo conservaba, pero a una hija mujer se la abandonaba) y las diferencias (se abandonaba a los hijos deformes). En la antigua Grecia, entre las prácticas habituales para con los niños, eran habituales el abandono, la mortificación del cuerpo,1 el asesinato de niños, los sacrificios rituales y las castraciones femeninas y masculinas
Algunas de las prácticas a las que los niños eran sometidos desde la Edad Media reafirman el hecho de que en ese entonces el maltrato infantil era una práctica bien vista, que lejos estaba de ser considerada un modo de crianza erróneo o reprochable. Hasta el siglo xviii los medios para relacionarse con el interior del niño eran los enemas y la purga, dado que los niños eran considerados impuros y se los identificaba con sus excrementos. Algunos pensadores de la época consideraban conveniente purgar a los niños antes de amamantarlos para que la leche no se mezclara con las heces (Rozanski, 2003). Lloyd de Mause sostiene que antes del siglo xviii los niños eran llamados “niños zurrados” y que ellos a su vez serían padres que “zurrarían” (De Mause, 1974) Los niños podían ser arrojados a los ríos o a las zanjas, envasados en vasijas para que murieran de hambre, o bien emparedados en muros o enterrados en puentes; estas dos últimas estrategias se utilizaban para reforzar la estructura de la construcción. Los filósofos de la época decían que “el hombre puede hacer lo que quiera con sus hijos ya que si nos liberamos de los piojos y saliva por qué no hacerlo de ellos que no sirven de nada” (Rozanski, 2003: 27). 

Muchas de las situaciones a las que De Mause se refiere en su obra podrían ser hoy perfectamente enmarcadas dentro de cualquiera de los tipos de violencia hacia la infancia: castigos físicos que podían provocar la muerte de los niños (es decir, maltrato físico); el abandono por años en manos de una nodriza para que lo alimentara, que se daba habitualmente en las clases altas (negligencia afectiva); la inversión de roles (el niño que cuida del adulto y satisface sus necesidades, es decir, negligencia afectiva); diversas estrategias que tenían por finalidad aterrorizar al niño (maltrato emocional); la venta de niños (explotación), y la manipulación sexual de los niños por sus cuidadores, fueran estos sus padres biológicos o sus niñeras (abuso sexual). 
El autor plantea incluso que no era que los padres no amaran a sus hijos, sino que simplemente carecían de las capacidades afectivas para hacerlo apropiadamente. No hay mucha diferencia con lo que sucede hoy en muchos casos de negligencia emocional severa. Los niños no solo eran abandonados en instituciones o en manos de sus nodrizas, sino que también eran entregados a otras personas, respecto a lo cual los padres argumentaban distintas razones: para aprender a hablar, para vencer la timidez o incluso para pagar cuentas médicas. Era habitual también suministrar a los niños opio y bebidas alcohólicas para que dejaran de llorar, y ofrecerlos como mercancía cuando se consideraba que sobraban en una familia.

* * *

El abuso sexual infantil también existió a lo largo de los siglos, propiciado de distintas formas, aunque De Mause sostiene que era más frecuente en otros tiempos que en la actualidad. En Grecia y Roma, los jóvenes eran utilizados como objetos sexuales por hombres mayores; incluso podían ser alquilados para llevar adelante prácticas sexuales. Era común la castración de los niños para llevarlos a burdeles. Si bien la mayoría de los documentos consultados por De Mause sugieren que los abusos sexuales se daban con mayores de 11 o 12 años, el autor considera altamente probable que niños menores de esa edad también fueran objeto de la manipulación sexual por parte de maestros y pedagogos. Menciona que estas prácticas también eran comunes entre los judíos, quienes consideraban que la cópula con niños menores de nueve años no era un acto sexual, y sólo castigaban con pena de lapidación la sodomía con niños mayores de esa edad. 
En la Antigua Roma, la práctica sexual preferida con los niños era el sexo anal, y circulaba la idea de que el sexo con niños castrados era particularmente excitante; estos niños eran castrados desde la cuna, y esa costumbre se prolongó hasta que el emperador Domiciano prohibió la castración de los niños para ser llevados a los prostíbulos. Con el cristianismo comenzó a aparecer un concepto diferente del niño, considerado como un ser puro e inocente, alejado del conocimiento y la comprensión de lo que eran los placeres carnales. 

En el Renacimiento y el siglo XVII si bien se empezó a reprobar moralmente el contacto sexual de adultos con niños, aún se consideraba que detener tales avances sexuales era obligación del niño.

En el siglo XVIII aparece el castigo a los niños por la masturbación; incluso hasta el siglo XIX estas conductas se castigaban con intervenciones quirúrgicas, con el fin de evitarlas. Según De Mause, esta práctica desapareció recién en 1925. Ya en los siglos XVII y XVIII comenzaron a surgir ciertas consideraciones sobre algunas formas de violencia hacia los niños, en especial física y sexual, aunque la reducción más importante de estas prácticas se verifica recién en el siglo XX. 

Hacia fines del siglo XIX se dio en Estados Unidos de Norteamérica el caso de una niña maltratada que fue protegida gracias a la invocación de una ley de protección a los animales. El paradigmático caso de Mary Ellen (1874) marcó de alguna manera el comienzo de la protección de los niños como una causa en sí misma, ya que hasta entonces no había leyes específicas para tal fin. 
 Habría que pasar la primera mitad del siglo xx para que el maltrato infantil comenzara a ser definido puntualmente como tal, a partir del pionero trabajo de Henry Kempe, con su estudio y descripción del síndrome del niño apaleado o maltratado, de 1962. Es decir que la historia de la violencia hacia la infancia es antigua y moderna a la vez: antigua si seguimos sus rastros hacia atrás, pero moderna si la pensamos en términos de la categorización concreta del problema.


Abuso sexual infantil. Cuestiones relevantes para su tratamiento en la justicia.

Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, unicef Uruguay Fiscalía General de la Nación Centro de Estudios Judiciales del Uruguay, ceju

Autoras: Sandra Baita, Paula Moreno


sábado, 17 de noviembre de 2018

Condena de un abusador

Los hechos ocurrieron entre 2012 y 2013, cuando la niña tenía 11. Esa misma cantidad de años fue el monto que le aplicaron como pena. El desgarrador relato de la menor y su madre, sobre el caso y las secuela

“En ese momento él y mi mamá estaban juntos. Esto fue en noviembre de 2012 y duró hasta el principio de 2013.
 Me buscaba, venía hacia mí todo el tiempo y me empezaba a tocar. Buscar quiero decir tocar. 
El se dirigía hacia mí nada más. Cuando yo me peleaba con mi mamá sabía que mi mamá tenía razón, pero él me seguía defendiendo a mí; me peleaba con alguna de mis hermanas y él me defendía a mí, me hacía regalos todo el tiempo. 
Me tocaba todo el cuerpo, me manoseaba y yo le decía que salga. Me tocaba y me decía que no le contara nada a mi mamá porque era un secreto. Me decía que él quería estar conmigo, que mi mamá no le importaba y se empezaba a sacar la ropa. Yo me iba”.

“Le dije a mi hermana que se lo cuente a papá porque yo tenía culpa y miedo de contarle a mi mamá”

Víctima de los abusos

Este relato es un breve fragmento de lo que denunció una niña hace poco más de 5 años, cuando ella tenía 12, y dio origen a una causa que semanas atrás se ventiló en juicio en los tribunales orales de La Plata: el acusado, un comerciante de la Ciudad identificado como Eduardo Enrique Berlingeri (52), fue condenado a 11 años de prisión por “abuso sexual gravemente ultrajante agravado por ser cometido por un encargado de la guarda”.
“Yo hubiese querido una condena mucho más larga, ya que el daño psicológico que le provocó a mi hija no tiene fin y cuanto más tiempo esté condenado no habrá más víctimas”.

Los jueces del Tribunal I, Hernán Javier Decastelli, Liliana Torrisi y Ramiro Fernández Lorenzo, dieron por acreditado que los hechos ocurrieron en viviendas de La Plata (en la de la víctima, en Villa Elisa, y la del acusado, en la zona de Parque Saavedra) “desde el mes de septiembre del año 2012 hasta aproximadamente el 11 de abril del año 2013”.

Confirmaron que el imputado se aprovechó de “ser el encargado del cuidado o guarda de hecho de la menor de 11 años en virtud de la relación sentimental existente con la madre de la misma”, para “propinarle en reiteradas oportunidades tocamientos en sus genitales” y practicarle “sexo oral vaginal contra la voluntad de la misma”.

El tribunal tuvo en cuenta como agravante “la extensión del daño sufrido por la víctima”, al mencionar “los múltiples trastornos psicológicos que le acarreó”, representados “en continuas situaciones de angustia, cambios de ánimo, baja en el rendimiento escolar, mudanzas de establecimientos educativos, sueños nocturnos o pesadillas con el imputado, que la llevan a dormir con la luz prendida y ataques de llanto”, detallaron en el fallo .

La víctima de esta historia no será identificada, como tampoco su mamá, ni nadie de su entorno. Sólo se dirá que ahora tiene 17 años y, con ayuda profesional, intenta reconstruir de a poco su vida, después de repetir un año de la secundaria y hasta “tener fobia de salir a la calle por temor a encontrarse con Berlingeri”, reveló su madre. Es que pasó mucho tiempo antes de que el acusado quedará detenido en la cárcel de Olmos, donde terminará de purgar la pena.

Por lo pronto, su hija trata de enfocarse en los estudios y decidir qué carrera seguirá cuando termine la secundaria, el próximo año. Es probable que se incline por psicología.

“FUE UN CAOS”

En su veredicto, los jueces valoraron que “la menor refirió el prolongado padecimiento en que sufrió estos manoseos, recordando cuándo comenzaron y cuando culminaron al animarse a contar esta vivencia y salir del temor o culpa en que se encontraba”.
Resaltaron, además, que el relato “coincide con los testimonios que engloban las situaciones por un periodo de 8 meses”, al referir las zonas “que fue tocada por debajo y por arriba de la ropa, besos en la boca y prácticas de sexo oral”, que incluyeron “capturas de fotos con el celular”.
La nena se atrevió a contar lo que pasaba una noche de abril de 2013, mientras chateaba por Facebook con su hermana mayor, quien vivía con el padre. “Ella me dijo que me tenía que contar algo que hace mucho que me quería decir, pero que no se animaba”, recordó la hermana en el juicio. Su insistencia logró que la niña sacara a la luz los episodios que había vivido por lo menos 8 veces (según se confirmó en el juicio), la hermana mayor despertó al padre para contárselo y éste llamó a su ex mujer. “No lo podía creer”, admitió ella, “me dirigí a la habitación (de la víctima) y estaba llorando. Le dije que se vista, que íbamos a la comisaría de la Mujer”.

“Había comprado un montón de chocolates.
Se sentó al lado y me empezó a tocar”

Para entonces, ella ya no estaba en pareja con el imputado, con quien tuvo una relación “de idas y vueltas” que duró unos 6 años (entre 2006 y 2012) e incluyó denuncias por violencia de género. “Siempre volvíamos, lo perdonaba”, lamentó. Una vez que se radicó la denuncia por abuso, todo “fue un caos”, reconoció la madre de la niña, porque “tenía vergüenza de salir”, pero “después de la Cámara Gesell me dijo que se había sacado una mochila y quería contarlo en el colegio”.

“Tanto ella como yo queremos encontrar la manera de ayudar a otras víctimas que pasaron por lo mismo”,
 concluyó la madre.

eldia.com

viernes, 16 de noviembre de 2018

Una de cada cinco chicas y uno de cada ocho o diez varones sufrirán abuso sexual antes de cumplir los 18 años.

El abuso sexual infantil ocurre más de lo que se presume. “Estadísticas conservadoras muestran que una de cada cinco chicas y uno de cada ocho o diez varones sufrirán abuso sexual antes de cumplir los 18 años por algún conocido. Pero lo que se está viendo es que de un 25 por ciento a un tercio de los agresores no son adultos convivientes, sino otros adolescentes o chicos un poco mayores que la víctima”.
“En la Argentina se pone demasiado el énfasis en la cuestión legal. Pero se debe trabajar más en la reparación del daño sufrido por la víctima”.


–¿Por dónde habría que empezar? ¿Cuáles son las asignaturas pendientes?

–Ispcan tiene un instrumento que se aplica en distintos países para llevar estadísticas y así poder comparar. Se podría aplicar en la Argentina. Es importante tener un diagnóstico del problema. Otro aspecto fundamental es contar con lineamientos y protocolos claros que se apliquen en distintos lugares: que sea igual que un chico sea atendido en un hospital de la ciudad de Buenos Aires o en una salita del interior del país. Es decir, que se apliquen los mismos criterios para hacer el diagnóstico, evaluar el nivel de riesgo del chico y tratarlo. Hoy no hay lenguaje y criterios comunes. Y si bien hay equipos que recepcionan el problema, no son suficientes para atender a los chicos, a las familias y eventualmente a quien haya producido la agresión. Sería necesario que estos equipos reciban capacitación. En la Argentina cada profesional se forma como puede.

–A veces a la Justicia le cuesta creerles a las víctimas. Y muchos psicólogos que actuaban como peritos en juicios por abuso sexual, y validaron denuncias de chicos, resultaron luego perseguidos judicialmente por los denunciados, en los casos en que no se pudo probar el delito. ¿Qué opina al respecto?

–Las dos partes tienen derecho a impugnar lo que el otro está diciendo, es parte del juego legal. Pero en la medida en que los peritos tengan criterios comunes, a los jueces les será más fácil investigar y definir si el perito se equivocó. Los protocolos comunes protegen a los peritos y a la persona acusada también. Se garantizan estándares de análisis de la información. Se va reduciendo el margen de subjetividad del perito. Pero en la Argentina se pone mucho peso en la cuestión legal.

–¿Y dónde habría que poner el énfasis?
Es un delito, se debe denunciar. Pero hay que trabajar para disminuir los factores de riesgo y sobre los efectos de la situación. Si no, quedamos entrampados en la pelea judicial, en el lenguaje legal, y queda frenada la posibilidad de trabajar en la reparación del daño.

–¿Cuando un chico cuenta una situación de abuso sexual hay que creerle siempre?
Hay que prestarle atención y consultar con alguien especializado. Los chicos no dicen: “Me abusaron sexualmente”. Es muy clara la situación si hay descripción de comportamientos sexuales de parte de la niña o niño, que no debería estar a su alcance, que no se corresponde con su edad. Si con cinco años describe alguna situación de sexo oral o penetración, por ejemplo. Pero hay otros relatos inespecíficos, que hay que analizarlos de acuerdo con el contexto.

–¿El abuso sexual infantil ocurre mucho más de lo que trasciende y se denuncia?
–No es un problema esporádico. Estadísticas conservadoras señalan que una de cada cinco chicas y uno de cada ocho varones antes de llegar a los 18 años sufrirán abuso sexual.

–¿El agresor en la mayoría de los casos es un conocido?
–Sí, pero lo que estamos viendo es que de un 25 por ciento a un tercio de los agresores, si bien son conocidos, no son adultos convivientes, sino que suelen ser otros adolescentes o chicos un poco mayores que la víctima.
–¿Cambió el perfil del abusador infantil?

–Tendemos a pensar que se está afinando la detección de los abusos, que estos abusos deben haber existido siempre. Pero sucede que las estadísticas que se suelen usar son las que se realizan en centros de atención especializados o juzgados. En esos lugares es donde llega la víctima de los adultos convivientes. El cambio de perfil del abusador empezó a aparecer a partir de encuestas en población general. Esto nos plantea la importancia de poder hacer encuestas, para ver qué tipo de programas y tratamientos podemos ofrecer.

–¿En los casos en los que el abusador es otro adolescente o un chico un poco mayor que la víctima, el abuso es aislado o sistemático?
A veces tan sistemático como en el caso del abuso intrafamiliar. En España, estoy trabajando en el Programa de prevención e intervención en situaciones de riesgo para el desarrollo psicosexual de niños/as y jóvenes del Ayuntamiento de Pasaia (Gipuzkoa, País Vasco). Este municipio hace unos años empezó a detectar en las escuelas que los chicos tenían comportamientos sexualizados no adecuados para la edad. Algunos obligaban a otros más chiquitos a tocarlos, masturbarse o tener sexo oral. Estoy hablando de chicos de 8 años para arriba. Como antecedente en esa ciudad se habían desmantelado dos redes de pedófilos. Una hipótesis que se planteó fue que estos chicos pudieran haber sido víctimas de esas redes. Entonces, los servicios sociales de base empezaron a trabajar en las calles para detectar los casos de riesgo. El programa comenzó en 2004 y en el Ayuntamiento se crearon grupos de atención a chicos, chicas y padres. Los padres empezaron a reunirse con la alcaldesa y pidieron capacitación para todas las personas que trabajaban en el Ayuntamiento en protección infantil. Y pidieron que hubiera un código de comportamiento para todos los adultos que trabajan con chicos, que ahora está en vías de redacción. Es uno de los primeros lugares de España que toma una iniciativa de ese tipo. A partir de la toma de conciencia de los padres, son ellos los que se movieron para impulsar medidas de protección para los chicos.



–¿Qué tipo de pautas incluye el código?
Tratar a los niños, niñas y adolescentes con cortesía y respeto. No involucrarse en comportamientos como insinuaciones sexuales de manera física, psicológica, escrita y/o verbal, no usar un lenguaje abusivo, incluyendo sarcasmos reiterados ni amenazas de violencia, ni difamación racial o étnica, ni actos que otras personas puedan, razonablemente, considerar intimidatorios, ni un lenguaje vulgar e irrespetuoso. O avergonzar al menor por algún resultado negativo. Es necesario notificar a los superiores y a las autoridades correspondientes cualquier sospecha de maltrato y colaborar para que se proteja a la persona menor. No se debe iniciar ningún comportamiento sexual y debe rechazar la invitación o el eventual consentimiento hacia el mismo. Son algunos de los puntos que incluye el código.

 
IRENE INTEBI
EXPERTA INTERNACIONAL EN PREVENCIÓN DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL
Consultora en ONG y en la capacitación de profesionales del servicio de protección infantil de la Comunidad Autónoma del País Vasco, Coordinadora del Programa de Asistencia al Maltrato, del gobierno porteño (2009), Presidente de la Ispcan (2009-2012)

Apertura: Es la hora de los NNyA



La toma de conciencia del abuso sexual de niños tiene una historia relativamente breve.
Hasta época reciente, las acusaciones de abuso sexual en niños se interpretaban como maliciosas, o más comúnmente, como el producto de la fantasía del niño; la consecuencia fue que la mayoría de los casos de abuso sexual infantil pasaban inadvertidos.

En los últimos años ha aumentado la sensibilización sobre el tema y ha adquirido mayor importancia social, de manera que se ha incrementado la tendencia de denuncias de presuntos abusos sexuales.

El descubrimiento de abusos sexuales por parte de sacerdotes en distintos países (Canadá, Australia, Chile, Argentina, Inglaterra, Italia, España, etc.) han generado indignación en sus pueblos, pero que no reflejan el mismo interés en analizar e investigar aquellos delitos que se producen en su mismo seno.

¿Por qué ocurre ésto?
Muy simple, el sentido común indica que para la sociedad es muy sencillo responsabilizar a una institución o comunidad definida pero no es tan fácil valorar su propia culpa.
Los individuos intentarán ocultar los hechos, negar su existencia reaccionando igual que la Iglesia y sus sacerdotes para el encubrimiento de los responsables que, en definitiva, son ellos mismos.
El problema radica dentro de la misma comunidad; su origen es ancestral y cultural, por éso es tan difícil erradicar.

Algunos estudios metodológicamente rigurosos, han captado la atención de la comunidad profesional, han ayudado a definir el abuso sexual intrafamiliar y extrafamiliar, así como sus efectos a corto, mediano y largo plazo, e incluso, en respuesta a la demanda de la población infantil victimizada han surgido tratados internacionales para validar los derechos de los niños y protegerlos de toda explotación y abuso sexual con la adopción de múltiples medidas que incluyen decisiones, leyes, programas, mecanismos, recursos y promoción de los derechos infantiles para asegurar que los niños puedan crecer en un ambiente de seguridad y dignidad.
Sin embargo, existen víctimas que todavía no reciben el apoyo necesario, ya sea porque no se conocen con exactitud los derechos con que se cuenta o porque no se sabe cómo actuar.

El arma más importante con la que cuenta la comunidad es su conciencia, su decisión de involucrarse para prevenir y tratar esta enfermedad social de profundas raíces culturales.

La pequeña serie de artículos que presento en este blog tiene el objetivo de exponer ante la comunidad la importancia y gravedad del problema y estimular la creación y uso de herramientas de defensa para detectar y prevenir el abuso sexual infantil.